La fe obra
Mientras que solamente la fe nos salva, la fe salvadora siempre se manifestará en las obras de amor (Gálatas 5.6).
No somos salvos por las obras, ni tampoco podremos serlo, pero nuestras obras muestran que somos salvos. Si otros no pueden ver el amor de Dios en ti y en mí, entonces no tenemos fe salvadora y por lo tanto, no somos cristianos en lo absoluto, no importa lo que digamos. “La fe sin obras es muerta”.
Además, la fe sin obras es demoníaca: “¿Creen que hay un Dios? ¡Qué bueno! ¡Hasta los demonios creen en esa verdad, y se les ponen los pelos de punta!”
Los demonios son creyentes informados plenamente. Mejor informados que nosotros porque se encuentran más cerca de la fuente. No hay herejes entre los demonios, pero no aman a Dios, ni se aman unos a los otros. Los demonios creen, pero la fe de ellos no les toca el corazón ni transforma su carácter.
La fe es más que una creencia informada, más que saber qué hacer. Es una relación profunda e íntima con Dios que implica acuerdo de todo nuestro ser con todo lo que Dios quiere para nosotros. Cualquier otra cosa es pura palabrería.
Ejemplos de fe auténtica son Abraham y Rahab.
A Abraham se le pidió que sacrificara a su único hijo, mediante el cual Dios había prometido salvar al mundo. No tenía sentido obedecer, pero aún así Abraham obedeció, confiando en que Dios podía resucitar a Isaac de entre los muertos (Hebreos 11.19). La fe y las acciones de Abraham “obraron juntas” y demostraron la integridad de su fe. Él hizo lo que Dios le pidió y así demostró una fe real.
El otro caso es Rahab, la ramera. Ella oyó del Dios de Israel y lo anheló hasta que sus mensajeros vinieron a traerle salvación. Luego ella arriesgó su fe, confiando en Dios en ese momento peligroso cuando dio abrigo a los espías y se ocupó de que partieran sanos y salvos. La fe de Rahab era pura y nació con esfuerzos inmediatos para promover los propósitos del Dios de Israel.
La fe es más que estar de acuerdo con un credo histórico y las buenas intenciones que supone ese credo. Las obras son la fe expresándose por sí misma en amor.
Soli Glori Deus
El pasaje de Efesios 1.4-6 nos deja ver que Dios ha operado nuestra salvación para su propia gloria.
En el original hebreo la palabra gloria significa algo “pesado”. Algo que no es liviano, superficial u ordinario. Cuando la Biblia habla de la gloria de Dios se refiere a lo que es su misma esencia, su carácter, aquello que le representa.
Cuando Dios nos salva para su gloria está queriendo decirnos, entre otras cosas, que nuestra salvación pone de manifiesto algo de lo que Dios es, algo de su carácter. Nuestra salvación inmerecida pone de manifiesto su gracia, su amor, su misericordia… atributos de su persona.
Muchos que no entienden quién es Dios han pensado que esto parece una forma egoísta de Dios al hacer las cosas para su propia gloria. En primer lugar, Dios siendo infinitamente santo y justo, tiene el derecho de hacer las cosas para su propia gloria. En segundo lugar, debemos recordar que Dios es el ser supremo en todo el universo y que por lo tanto, no existe alguna otra persona por encima de Dios “por quien y para quien” hacer las cosas. Como Dios es perfecto, cuando hace las cosas para su propia gloria, las hace perfectas.
Además, Dios que supo dar a su propio Hijo para la salvación del hombre, tiene el derecho de hacer que sus obras proclamen su gloria. Si piensas que su gloria representa su carácter, lo que El es, entenderás entonces que la proclamación de su gloria es la proclamación de lo que Dios es, de su esencia. La proclamación de su gloria resulta en nuestro beneficio.
La salvación es para la gloria de Dios solamente.
(Colaboración de Miguel Núñez, Santo Domingo, República Dominicana)
Conoce a ReG

Dentro de la alianza de ministerios que forman Gospelcom.net se encuentra Respuestas en Génesis.
Este ministerio se define como:
Nuestra misión es ‘introducir reformación por medio de la restauración de los fundamentos de nuestra fe que se encuentran en el libro de Génesis’ (Salmos 11:3; Isaías 58:12). ‘Proveemos respuestas con el libro de Génesis para así tener la plataforma para compartir de Jesucristo, nuestro Creador y Redentor; lo cual lo hace un mensaje relevante para la iglesia hoy’ (Apocalipsis 4:1; 5:9) Todo esto lo hacemos con el firme propósito de ‘apoyar a la Iglesia en el cumplimiento de la Gran Comisión’ (Mateo 28:18-20; Efesios 4:11-12).
En su página de la Internet encontrarás materiales de inestimable ayuda. Desde caricaturas hasta artículos, libros de referencia y eventos que enfatizan el compromiso con la Palabra de Dios y la creación por la mano de Dios.
Recursos útiles para jóvenes, estudiantes, profesionales y líderes comprometidos con la verdad perfecta de las Escrituras.
De forma personal, me son de especial ayuda los recursos gratuitos en audio que puedes bajar a tu computadora y usarlos una y otras vez en grupos pequeños, estudios por edades o en campamentos de líderes.
También se encuentra disponible su página en inglés.
Te invito a que conozcas hoy mismo lo mucho que tiene para ti este ministerio.
“Mucha teoría, poca práctica”
Uno de los principales obstáculos en la expansión del evangelio es el mal testimonio. Cuando intentamos testificarle de Jesucristo a alguien nos encontramos con la siguiente excusa: “No, yo no quiero ser evangélico como tal persona, quien dice que es evangélico pero se la pasa haciendo esto y aquello”. Sin ánimos de justificar a quienes apelan a tan inadmisible excusa, somos llamados a estar constantemente alertas sobre la vida que vivimos.
La Biblia dice:
“Presumes de tu conocimiento de la ley de Dios, y la deshonras violándola cuando te conviene. No en vano las Escrituras declaran: Por culpa vuestra, los gentiles blasfeman del nombre de Dios” (Romanos 2.23-24, CST).
Este pasaje hace referencia a muchos judíos, quienes se jactaban de su amplio conocimiento de Dios, de su elección divina, de su linaje, aun de su capacidad de predicar y enseñar; pero estas personas no estaban aplicando la ley de Dios a sus propias vidas. Enseñaban que no se debía hurtar, pero hurtaban. Decían que no se debía adulterar, pero adulteraban. Afirmaban abominar a los ídolos, pero sacaban beneficios de sus templos (vv. 21-22).
Lamentablemente, hay creyentes que actúan de tal manera. Piensan que pertenecer a una iglesia o denominación es lo que los hace justos delante de Dios. Creen que porque enseñen una sana doctrina son merecedores de todo el consentimiento de Dios, respaldo y hasta pretenden que Dios no tome en cuenta sus pecados. Estos hombres y mujeres enseñan y predican en nuestras iglesias cosas que ellos mismos no son capaces de cumplir. Se constituyen en tropiezo para otros en el evangelio. Se hacen llamar cristianos, pero en su vida hay carencia de Cristo.
Lo que verdaderamente te hace un creyente en Jesucristo no es el conocimiento de una serie de normas o leyes humanas. Ni siquiera tampoco es el mero cumplimiento de las mismas. El creyente verdadero no se jacta del “conocimiento de la ley de Dios”, pero tampoco la infringe “cuando le conviene”. Es el producto de una coherencia entre lo que ha creído y lo que vive. Es el resultado de lo interno y no la apariencia de lo externo. “… [el discípulo de Cristo] ha de serlo en lo interior, y la verdadera circuncisión [o evidencia] ha de estar en el corazón, operada espiritualmente y no solo como obediencia a un código de leyes. Quienes así son, recibirán alabanza de Dios aunque los hombres no los alaben” (Romanos 2.29 CST).
Adaptado del boletín de la Iglesia Bautista Misionera “Peniel”, La Urbina, Caracas, Venezuela. Pastor Eslid A. Rivero
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Sola Gratia
¿Recuerdas las palabras del apóstol Pablo en Efesios 2.8-9? “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Según este pasaje la única razón por la que el ser humano puede ser salvo es la gracia de Dios. Esto significa que no hay nada que yo pueda hacer para ganarme la salvación. La salvación no es algo que yo gano producto de mis esfuerzos, sino que es algo que yo recibo. Es un regalo de Dios.
La razón por la que tiene que ser de esta manera es porque ninguna de nuestras obras califica para pasar el escrutinio perfecto de la ley de Dios. El libro del profeta Isaías, 64.6, dice que “todas nuestras obras justas son como trapo de inmundicias”. Esto concuerda con las palabras de Pablo en el Nuevo Testamento en su carta a los romanos: “por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios” (3.23).
Cuando Cristo vino, cumplió a la perfección con las obras de la ley. Al hacer esto y morir por nosotros, ahora, por sus méritos podemos recibir salvación. Hay un sentido en que la salvación pudiera ser por obras, pero eso requeriría que yo entrara al mundo sin pecado, viviera sin pecado y muriera sin pecado, en perfecta conformidad con la ley de Dios. Esto solo lo pudo hacer Cristo. Es solo por su gracia que podemos ser salvos.
El cristianismo bíblico es la única religión donde la salvación es por gracia. En todas las demás religiones, el hombre tiene que trabajar (hacer obras) para ganarse su salvación. Al hombre le encanta esta idea porque él siempre quiere ser el capitán de su propio destino, pero la Palabra de Dios es bien clara en Romanos 11.5-6: “Y de la misma manera, también ha quedado en el tiempo presente un remanente conforme a la elección de la gracia de Dios. Pero si es por gracia, ya no es a base de obras, de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”.
Somos salvos por gracia solamente.
(Colaboración de Miguel Núñez, Santo Domingo, República Dominicana)
“No temas”
Se usa más de 350 veces en la Palabra de Dios. Es la frase: “No temas”.
Dios sabe que sientes miedo por muchas cosas. A veces es el fruto de malas experiencias que has tenido. En otras, los temores de tus padres se han sembrado hondo en tu corazón. Quizá sientes miedo como una manera de llamar la atención o reclamar alguna muestra de cuidado hacia ti. Sea como sea, Dios te dice: “No temas”.
Haz tuyos los siguientes pasajes de la Biblia. Relee el contexto en que Dios los dio y encontrarás victoria sobre tus temores.
“echando toda vuestra ansiedad (todas tus preocupaciones, todos tus temores, de una vez por todas) sobre él, porque él (Dios) tiene cuidado de nosotros” (1 Pedro 5.7).
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41.10).
“Tú (Dios) guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26.3).
“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?” (Mateo 6.25-27).
“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí (te rescaté pagando un elevado precio); te puse nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo, Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador” (Isaías 43.1-3).
Acude a Jesucristo y te dará la victoria sobre todos tus temores. Lo ha prometido y Dios siempre cumple su Palabra.
Quien socorre, se compadece y salva: Jesucristo
Jesucristo te socorre. “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2.17, 18). Al ser Él mismo verdaderamente humano, es capaz de encontrarse con el hombre en su necesidad.
La capacidad para socorrer de Cristo no se basa en un sentimiento de lástima, sino en una propiciación costosa. Ya que Él ha sufrido por tus pecados, es capaz de socorrerte en tus tentaciones. Él es la persona perfecta para tratar con tus pecados y tu rebelión.
Jesucristo se compadece de ti. No tienes un Redentor incapaz de sentir compasión por tus debilidades (Hebreos 4.15). Él ha cargado con el castigo por tu pecado y es capaz de purificarte cuando hay una confesión a Dios de corazón.
Ya que Cristo fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, y ha sentido la tremenda presión del pecado sobre su propio espíritu sin ceder a su atractivo, es capaz de entender, con compasión, tus experiencias cuando pasas por el fuego de las pruebas.
Jesucristo te salva. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7.25). Tu Intercesor, Jesucristo, es capaz de salvarte por completo, en el sentido más completo del término: Liberándote del poder del pecado (Mateo 1.21), liberándote del peligro (Mateo 8.25), liberándote de la enfermedad (Mateo 9.21) y liberándote de la condena de Dios (Mateo 10.23, 24.13).
No existe problema personal al que Jesucristo no pueda proporcionarle una solución, ningún pecado del que no pueda librarte, ningún enemigo del cual no pueda rescatarte. ¿Por qué? Porque, habiendo ofrecido un sacrificio completo y perfecto por el pecado, Jesucristo ha traspasado el velo y ahora mismo está ante la presencia de Dios el Padre como tu Defensor.
Sola Fide
La palabra fe ha llegado a significar diferentes cosas para diferentes personas. Pero independientemente de lo que cada cual crea, para todos, la fe significa creer; poner nuestra confianza en algo o en alguien. Es mucho mas fácil ponernos de acuerdo con esta definición, que ponernos de acuerdo con el “algo o en el alguien” en quien hemos depositado la fe.
En el Nuevo Testamento, la palabra fe tiene ciertos condicionantes. La fe no es simplemente creer porque como bien dice Santiago 2.19:
“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan”.
A la luz de este pasaje, creer que Dios existe, que envió a su Hijo o aun creer que su Hijo es Dios, no es suficiente porque los demonios conocen todo eso y están bajo condenación.
La fe para ser eficaz tiene que ser depositada en la persona de Jesús y esto implica más que simples palabras pronunciadas con la boca. En Juan 3.36 dice:
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”.
Para Juan el creer (la fe) significa obedecer. Muchos son los que hoy se identifican como cristianos y sin embargo viven una vida de desobediencia al Hijo, con lo cual ponen en evidencia que su fe no los ha cambiado.
Cristo dijo a los que eran salvos: “¡Ustedes reconocerán a esos mentirosos por lo que hacen!” (Mateo 7.20, BLS). La fe verdadera resulta en una transformación de la persona y esa transformación es la evidencia de que verdaderamente ha creído. Algunos enseñan que para ser salvos yo necesito hacer obras como ir a la iglesia, orar, leer la Palabra, dar ofrendas y cosas por el estilo. En realidad, todas esas cosas son necesarias, pero no para ser salvos, sino como la evidencia de que verdaderamente hemos creído en Cristo como Señor y Salvador. Prestemos atención a estas palabras del apóstol Pablo:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2.8-9).
Somos salvos por fe solamente.
(Colaboración de Miguel Núñez, Santo Domingo, República Dominicana)
El que siempre intercede por ti
La Biblia dice que Jesucristo ejerce un ministerio de intercesión por ti y por mí. “Viviendo siempre para interceder por ellos (tú y yo)”. Cristo es “…santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Hebreos 7.25, 26). El vocablo traducido “santo” describe a alguien que cumple su deber fiel y meticulosamente para Dios. Jesucristo afirmó: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17.4). Él era sincero, nunca engañó ni lastimó a alguien y por lo tanto, era totalmente digno de confianza. Era sin mancha. Estaba apartado de los pecadores, no física sino moralmente. Era exaltado a la diestra de Dios Padre. Jesucristo, para poder ayudarte, se convirtió en parte de la humanidad (Hebreos 2.17).
Su intercesión por ti es perpetua ya que Cristo te representa ante el trono de Dios. “Para presentarse ahora por nosotros ante Dios”. En la cruz Jesucristo murió con el propósito de obtener la salvación para ti. Pero no podrías soportar ni un día en la vida cristiana si no fuera porque Cristo vive ahora a fin de impartirte “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”.
Jesucristo recibe y presenta tus oraciones, haciendo la perfecta combinación de tus peticiones imperfectas con el incienso de sus propios méritos (Apocalipsis 8.3). Tus oraciones no ascienden solas, se asientan en los méritos de Cristo Jesús y por eso son poderosamente eficaces.
Confía. En este preciso momento tu supremo intercesor: Jesucristo, quien conoce tus debilidades, el que ha pasado a través de todas las luchas humanas, aparece ahora ante la presencia de Dios por ti. Jesucristo es capaz de alejar la tentación, de consolarte en la congoja, de socorrerte en la necesidad.



